El bar porteño donde Sandro tomaba Martinis y el Dalai Lama saludó al personal reabrió después de 80 años
El piano bar del hotel Claridge, en pleno Microcentro, volvió a abrir tras tres meses de obras que le devolvieron su estampa de 1946. Por su barra pasaron el Dalai Lama, Sandro y un bartender que ganó un título mundial de coctelería.

Detrás de una fachada que parece sacada de Londres, en plena calle Tucumán de Buenos Aires, hay un bar que acumuló ocho décadas de secretos de sobremesa. El piano bar del hotel Claridge volvió a recibir gente después de tres meses de obras pensadas para devolverle el aspecto que tenía cuando abrió, en 1946.
El salón lo diseñó el arquitecto Arturo Dubourg para los hermanos Felipe y Ottocar Rosarios, dueños originales del hotel. Desde 2006 lo administra la cadena española Eurostars Hotel Company, que decidió apostar por este rincón justo cuando el Microcentro todavía no se recupera del golpe que le dejó la pandemia.
La restauración no tocó la estructura: la recuperó. Volvieron la boiserie de estilo Tudor sobre la madera oscura, un piso tipo damero que imita los tonos originales de los años 40 y los vitrales, ahora sin vidrios rotos ni faltantes. Se pulieron los bronces y la barra, se cambiaron muebles y luces, y se puso a punto el viejo piano Zimmerman, la pieza que tocaron músicos de tango y jazz durante generaciones. "Se trató de recuperar cómo se inauguró el hotel en 1946", resumió Martín Díaz, encargado de la agenda cultural del lugar, en diálogo con Clarín. Los arquitectos Walter Fazio y Eugenia Medici estuvieron a cargo de la puesta en valor, un trabajo complicado porque buena parte de la carpintería original se fabricó en los talleres propios que tenía el hotel.
Más que un servicio del hotel, la barra tuvo vida aparte. "La barra tenía un hotel", resume una frase que repetía la clientela de otra época, según contó a Clarín el bartender Oscar Chabrés, que trabajó ahí entre 1987 y 2007. Antes que él, Enzo Antonetti había entrado en 1962 y dos años después viajó a Edimburgo, donde ganó el International Cocktail Competition con un trago propio llamado Mar del Plata, hecho con gin, vermut dry, Benedictine, Grand Marnier y un toque de limón. Fue el primer argentino en lograr ese título mundial, y una placa de bronce sobre la barra todavía lo recuerda.
En esos años regía un protocolo estricto: nunca tutear al cliente ("Caballero, ¿qué va a tomar?", no "che"), y guardar silencio sobre lo que se escuchaba en la barra, donde se cerraban negocios entre políticos y empresarios. Por ahí pasaron, según el relato de Chabrés, el Dalai Lama —que se acercó personalmente a saludar al personal antes de irse— y el cantante Sandro, que se sentaba a tomar Martinis. En los 90, con el uno a uno, las botellas de Dom Pérignon salían con una frecuencia que hoy resulta difícil de imaginar entre la gente de la City porteña.
La cocina también tuvo sus clásicos: el Lomo Claridge, un medallón envuelto en panceta con papa rösti, y el steak tartare, que se mantuvo en la carta durante décadas. El plato más teatral, el pato a la prensa, se armaba frente al cliente con un carro de servicio especial; el Claridge y el Plaza fueron de los pocos hoteles porteños que lo ofrecían, y la última vez se habría preparado hace una década, durante una comida del pianista Bruno Gelber.
Hoy el bar comparte el salón con el restaurante y el desayunador. Al mediodía hay un menú ejecutivo a $30.000, pastas desde $10.500, ensaladas desde $13.000 y milanesas desde $18.500; de noche, la coctelería ronda los $12.000 y los whiskies arrancan en $7.800. Martín Díaz suma ahora ciclos de jazz y actividades culturales, y en uno de esos encuentros Chabrés volvió a pararse detrás de la barra, donde se reencontró con clientes de hacía años. El desafío, dice, es atraer a un público más joven que ni sabe que el bar existe detrás de la puerta giratoria de bronce de Tucumán 535.
Comentarios
Ingresá o creá tu cuenta para comentar esta nota.
Todavía no hay comentarios. Podés ser la primera persona en opinar.






.gif)







