Joca Reiners Terron, el brasileño que imaginó el fin de un pueblo en la Amazonia
El escritor visitó la Argentina invitado por la Embajada de Brasil y habló de su última novela, ambientada en una Amazonia devastada, del negocio agropecuario que la amenaza y de por qué todavía cree que hay lugar para la esperanza.

Un escritor que nació justo donde se separan las aguas del Amazonas y las del Plata tenía, casi por obligación geográfica, que terminar escribiendo sobre las dos cuencas a la vez. Joca Reiners Terron llegó a la Argentina por una invitación de la Embajada de Brasil y, en diálogo con Clarín, repasó la novela que lo traía bajo el brazo: *La muerte y el meteoro*, publicada por Las Afueras.
El propio Terron se define con una fórmula que suena a chiste pero no lo es: dice que es "un escritor del Plata y amazónico al mismo tiempo" y que esa mezcla es, en sus palabras, "rara". Nació en Cuiabá, capital del estado brasileño de Mato Grosso, justo en esa frontera de aguas. De ahí sale también la mezcla de géneros que atraviesa su libro, donde conviven el policial, la aventura, el terror y la ciencia ficción con una crítica frontal al colonialismo.
La historia imagina a los últimos kaajapukugi, un pueblo aislado que sobrevive en una selva ya devastada. Un antropólogo llamado Boaventura, que lleva décadas estudiándolos, intenta salvarlos gestionando su traslado a México como refugiados climáticos. Pero muere en circunstancias extrañas antes de que lleguen, y un funcionario mexicano —el narrador de la novela— termina a cargo de esa misión en medio de su propio duelo. El filósofo y líder indígena Ailton Krenak describió el libro como un adelanto de lo que, calcula, va a pasarle a la Amazonia real hacia 2045.
Terron conoce de primera mano el modelo que denuncia: cuenta que Mato Grosso es hoy la postal del monocultivo brasileño, con el agronegocio ocupando con soja y maíz la tierra que antes fue bosque. A su juicio, la Amazonia resistió mejor porque gran parte quedó en manos de reservas indígenas y no de latifundistas, aunque eso no la pone a salvo: ahí siguen los garimpeiros y los grileiros, dedicados a apropiarse de tierras para explotarlas, y crece el debate por la posible explotación petrolera en la desembocadura del río.
De esa tensión nace la frase que le da título a esta nota. "A la naturaleza lo que le interesa es que la dejen sola", dice, porque no precisa de la humanidad para seguir haciendo lo que sabe hacer, que es producir vida constantemente. El escritor llega a plantear, medio en broma y medio en serio, que la salida más coherente sería la extinción voluntaria de la especie humana, aunque enseguida se ríe de sí mismo: admite que arrancó mal ese camino porque tiene una hija.
Sobre el final de los kaajapukugi, que en la novela empieza a coquetear con el suicidio colectivo, Terron traza una distinción incómoda: para ese pueblo ficticio, que perdió hasta el sentido metafísico de la existencia, no ve otra salida posible. Para nosotros, en cambio, sostiene que todavía hay margen si se piensa en comunidad y no en soledad, y se apoya en Marx para afirmar que la libertad sólo existe de manera colectiva, nunca en soledad absoluta.
Los kaajapukugi no existen: Terron inventó su cultura combinando y distorsionando rasgos de distintos pueblos originarios reales, hasta armarles una lengua propia a partir de palabras en mandarín que fue deformando a su gusto. Para darle cuerpo a ese pueblo aislado se inspiró en el caso real de un hombre que vivió solo durante años en una reserva, dejando un pozo cavado en cada lugar donde acampaba, sin que nadie llegara a saber a qué pueblo había pertenecido ni qué idioma hablaba; esa historia real ya le había dado a Terron un cuento publicado por una revista de la Universidad de México.
La novela cruza, además, una expedición china a Marte, un guiño a la posibilidad —hoy discutida— de que China lleve astronautas al planeta rojo hacia 2035. El propio autor rastrea el origen de esa obsesión en su infancia, cuando una tarde en la casa de su abuela vio un documental basado en un libro de Erich von Däniken que sugería que los pueblos originarios descendían de viajeros espaciales.
Pese al tono sombrío de buena parte de la charla, Terron no se queda en el pronóstico apocalíptico. Sostiene que la esperanza, si existe, vive en la imaginación, y que el mundo atraviesa sobre todo una crisis de eso: de imaginación, de humor y de alegría. Para completar el panorama, dice, también hace falta algo de amor.
El autor tiene una obra extensa: publicó, entre otros títulos, *Sonho Interrompido por Guilhotina*, *La tristeza extraordinaria del leopardo de las nieves*, *Noite Dentro da Noite* y *Onde Pastam os Minotauros*, que ganó el Premio de Literatura APCA. Sus libros están traducidos al francés, al italiano, al árabe y al español.
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