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Cultura

Un filósofo francés vino a advertir que la IA le saca a los chicos la posibilidad de ser libres

Éric Sadin cerró en Buenos Aires un coloquio sobre su obra y disparó contra la inteligencia artificial generativa, a la que llamó "veneno" para las nuevas generaciones si reemplaza a la escritura.

Por Salta News
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Un filósofo francés vino a advertir que la IA le saca a los chicos la posibilidad de ser libres

Un adolescente que hoy escribe con un chatbot en lugar de con su propia cabeza no está ahorrando tiempo: está perdiendo, de a poco, la posibilidad de pensar solo. Esa es la idea con la que el filósofo francés Éric Sadin cerró un encuentro en Buenos Aires, y que interpela tanto a una familia salteña con wifi en su casa como a cualquier otra en el mundo.

Sadin participó del cierre de un coloquio armado a partir de su propia obra, bajo el título "Una conciencia en guardia", organizado por la Fundación Andreani y la editorial Caja Negra. Durante la jornada se discutieron las implicancias morales y subjetivas del avance de las tecnologías digitales desde el cine, la filosofía, la sociología, la psiquiatría, el derecho y la comunicación, con expositores como Christian Ferrer, Gabriela D'Odorico, Sandra Wierzba y Javier Blanco, entre otros. Los debates giraron en torno a la pérdida de socialización en el arte, la delegación de tareas a la máquina y hasta las alucinaciones de la inteligencia artificial.

El filósofo llegó a la cita para presentar "El desierto de nosotros mismos" (Caja Negra), el libro con el que, según contó, lleva más lejos el diagnóstico que ya había planteado en 2020 sobre lo que llama la "siliconización del mundo". En diálogo con la ensayista y traductora Margarita Martínez, curadora del encuentro, Sadin fue más allá de la teoría y ubicó en 2001 el momento en que los algoritmos empezaron a necesitar interpretar los datos de cada persona para decidir, en su lugar, qué conviene hacer.

Ahí construyó uno de sus conceptos más filosos: un "higienismo social" sostenido por el vínculo ininterrumpido que ya tenemos con la tecnología. "Firmamos consentimientos y obedecemos muy felices", planteó, y fue más duro todavía con quienes delegan hasta la escritura: para Sadin, una humanidad que usa un sistema para escribir ha caído muy bajo.

Pero el tramo más fuerte de la charla llegó cuando Martínez lo llevó a pensar en los nativos digitales, los chicos que nunca conocieron un mundo sin estas herramientas. Sadin contó que, viniendo hacia el coloquio, pensó en la suerte de haber tenido él mismo "una adolescencia sin digitalización". De ahí saltó a la frase que resume su advertencia: "la principal falla moral es abandonar a nuestros hijos", dijo, y agregó que los más chicos "no saben que la IA generativa es un veneno": sin el ejercicio de escribir para pensar y criticar, sostuvo, "estamos amputando de cuajo la posibilidad de que sean seres libres y responsables". Y cerró con una frase que midió el tamaño del reproche: "si Dios existe, debería juzgarnos".

El filósofo no se guardó tampoco una lectura sobre la última encíclica del papa León XIV, "Magnifica Humanitas". Contó que le consta que sus propios libros circularon por el Vaticano, pero calificó la lectura del Papa de "bastante tímida" porque, a su entender, propone "amigarse con los sistemas" en lugar de ponerles un límite: "se olvida de que de los diez mandamientos, siete son prohibiciones", ironizó.

¿Y entonces qué hacer frente a ese letargo? Sadin pidió primero desarmar lo que llamó un monopolio de las representaciones, por el cual los medios consultan siempre a empresarios e ingenieros para explicar la inteligencia artificial. Lo comparó con buscar al dueño de una marca de cigarrillos para entender el daño del tabaco en lugar de ir a un oncólogo. Su contrapropuesta fue sumar al debate a dos grupos que casi nunca aparecen: los independientes sin interés comercial, como él mismo, y los "testigos" que narran la IA desde la experiencia vivida, empezando por docentes, traductores y periodistas que ya sienten cómo estos sistemas les quitan trabajo.

Sadin no pidió resistencia sino, como él mismo lo llamó, "movilización", apelando a la antigua idea aristotélica de la "frónesis" o prudencia, y a recuperar "la mano": volver a ser carpinteros, dijo, a trabajar con otros y con el talento propio sin dañar el ambiente, porque no hay "nada más hermoso como proyección de sociedad".

El filósofo distinguió, para terminar, entre dos humanidades que conviven hoy: una que se entrega al sistema y va perdiendo la capacidad de juzgar, y otra que todavía mide la urgencia de lo que se está perdiendo. "Habrá que ver si hay tiempo para que una y otra converjan", admitió, antes de confesar que él mismo llegó agotado de la tecnología digital, aunque no piensa abandonarla: "voy a seguir de otra manera (...) es momento de ir a desmalezar un nuevo terreno", según reprodujo Clarín, el medio que registró sus declaraciones.

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