El rincón de Brasil que todavía no conocen los argentinos, con playas, ballenas y una cocina de siglos
Espírito Santo, entre Bahía y Río de Janeiro, empieza a asomar como destino con un vuelo experimental desde Buenos Aires, avistaje de ballenas jorobadas y una cocina capixaba que se cocina en ollas de barro negro hechas a mano.

Entre Bahía y Río de Janeiro hay un estado brasileño que todavía no entró en el radar de los viajeros argentinos: Espírito Santo. Este mes empezó a cambiar esa historia, cuando la aerolínea Gol operó junto a una operadora un vuelo directo y experimental entre Buenos Aires y Vitória, la capital capixaba.
Es el cuarto estado más chico de Brasil, pero junta en poco espacio una cocina con identidad propia, un manglar urbano que funciona como hábitat de cangrejos y aves, y un convento colonial que se remonta al siglo XVI, según relevó Clarín tras recorrer la zona. Entre julio y noviembre se le suma otro atractivo: las ballenas jorobadas llegan desde la Antártida para aparearse y parir en aguas más cálidas, y las excursiones para verlas salen desde Vitória y Guarapari. Casi todo ese recorrido se hace en pocos días, sin trayectos internos largos.
La base de la cocina capixaba está en Goiabeiras, un barrio de Vitória donde un grupo de artesanas llamadas paneleiras fabrica a mano las ollas de barro negro que le dan nombre al plato típico de la región. El oficio pasa de generación en generación, mayormente entre mujeres, y en 2002 el Instituto del Patrimonio Histórico y Artístico Nacional de Brasil lo declaró parte del Libro de los Saberes. "En el espacio donde se venden las piezas, cada una está identificada con el nombre del artesano y su teléfono, para que el visitante lo contacte directamente", cuenta la turismóloga y guía Alejandra Nathalié Brombley.
La arcilla con la que se moldean las ollas sale de un yacimiento del Vale do Mulembá. Las piezas se cuecen en hogueras a cielo abierto y después se cubren con una tintura de tanino que se extrae de la corteza del mangle rojo: esa combinación de tintura y fuego es la que les da el color negro. Esa misma olla es, justamente, lo que separa a la moqueca capixaba de la moqueca bahiana, la otra versión del plato brasileño: la variante de Espírito Santo no lleva aceite de dendê ni leche de coco, y sólo se cocina en estas piezas de barro.
El manglar de Vitória tiene unos 11 kilómetros cuadrados y se lo presenta como uno de los más grandes de Brasil y de toda América Latina. Wallace Mendes, profesor de Química, hijo de pescadores y fundador de la empresa de turismo comunitario Inata Sustenatural desde 2018, lleva a los visitantes en lancha por el sector de Goiabeiras. "La educación ambiental es tan importante como el turismo en sí mismo", resume. Según cuenta, la marea manda: baja, aparecen bancos de arena y piscinas naturales; alta, el paisaje cambia y se llega a otras zonas. El paseo dura entre dos horas y media y tres.
Al sur de Vitória, separada por la desembocadura del río Santa María, está Vila Velha. Ahí, sobre una roca de 154 metros con vista a la bahía, se levanta el Convento da Penha, que data de 1558, cuando llegó el fraile español Pedro Palácios. Guarda la imagen de Nuestra Señora de la Penha, patrona de Espírito Santo, y cada año después de Pascua se celebra en su honor la Festa da Penha, que incluye una caminata de 14 kilómetros entre la Catedral de Vitória y el Parque da Prainha: en 2026 pasaron 12 millones de fieles.
A 80 kilómetros de Vitória, también hacia el sur, está el Santuario Nacional de Anchieta. Recuerda al jesuita español José de Anchieta, cuyas misiones tuvieron parte en la fundación de Río de Janeiro y San Pablo durante el siglo XVI. El complejo tiene la iglesia que construyó el propio religioso, un museo y el cuarto donde vivió sus últimos años y murió, en 1597, a los 63. Su cuerpo fue llevado a pie durante cuatro días hasta Vitória, un trayecto que hoy repite Os Passos de Anchieta, una ruta de peregrinación de cerca de 100 kilómetros creada en 1998 e inspirada en el Camino de Santiago.
En cuanto a playas, Vitória tiene un frente costero que se recorre a pie o en bicicleta, con Praia de Camburi como la única de la ciudad sobre tierra continental: tiene 6 kilómetros, paseo marítimo, ciclovía, muelle y gimnasio al aire libre, y ahí se practican vela y kitesurf. A una hora y media, en Anchieta, el balneario de Iriri reúne cuatro playas con la mayor oferta hotelera y gastronómica del municipio, promocionadas como "el Caribe capixaba" por sus aguas calmas y cristalinas.
Para quien quiera planearlo: desde Buenos Aires se llega a Vitória vía San Pablo o Río de Janeiro, con tarifas desde 565 dólares ida y vuelta por Gol. El plato de moqueca capixaba para dos personas cuesta entre 77 y 312 reales según la zona y el pescado elegido, y se sirve con arroz blanco y pirão, un puré espeso hecho con el caldo de cocción y harina de mandioca. Las excursiones de avistaje de ballenas arrancan en 390 reales por persona en Guarapari y 485 en Vitória, con mayor concentración de animales entre agosto y septiembre.
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