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Sociedad

El japonés que los cordobeses confundían con un coya y terminó manejando locomotoras

Makino Kinzo llegó clandestino a Buenos Aires en 1886, caminó 700 kilómetros hasta Córdoba y se convirtió en maquinista del Ferrocarril Central Argentino con el nombre de Miguel King.

Por Salta News
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El japonés que los cordobeses confundían con un coya y terminó manejando locomotoras

Nadie en Córdoba sabía ubicar a Japón en un mapa cuando un joven de rasgos orientales empezó a caminar sus calles a fines del siglo XIX. Por el parecido físico con los habitantes originarios del noroeste argentino, los vecinos lo tomaron por un coya y así lo llamaron durante años. El hombre se llamaba Makino Kinzo y acababa de convertirse, sin saberlo, en el primer inmigrante japonés registrado en la Argentina, según publicó La Nación.

Kinzo había nacido el 28 de diciembre de 1859 en Misaki, un pueblo costero de la prefectura de Kanagawa, a 65 kilómetros de Tokio. Creció en un Japón que dejaba atrás el sistema feudal de los samuráis para transformarse en una potencia industrial con ferrocarriles propios, y esa modernización le despertó la curiosidad por conocer otras latitudes. A los 22 años, sin el permiso de sus padres, se embarcó como tripulante de un buque inglés que partía de Yokohama.

Durante casi diez años recorrió el mundo a bordo de ese barco. Ahí aprendió inglés, sumó nociones de mecánica naval y sus propios compañeros lo empezaron a llamar Michael King, por la similitud fonética con su nombre real. Pero la vida de marino no era lo que buscaba: quería estabilidad en tierra firme, cuenta el periódico *Aruzenchin Jiho*, el histórico medio de la comunidad japonesa en Buenos Aires.

Esa estabilidad la encontró en 1886, cuando el barco amarró en Buenos Aires y Kinzo, sin pasaporte en regla, bajó a escondidas antes de que las autoridades migratorias lo pudieran interceptar. Tenía 27 años y ningún plan salvo alejarse del puerto. Así fue como terminó recorriendo a pie los 700 kilómetros que separan la Capital Federal de la ciudad de Córdoba, donde finalmente consiguió su documentación argentina con el apellido castellanizado que lo acompañaría para siempre: Miguel King.

De peón a maquinista

Los primeros años en el país los pasó como peón en una maderera y como conductor de tranvías a caballo, con una rutina modesta y disciplinada que se destacaba entre la de otros inmigrantes temporales de la zona. Córdoba vivía entonces una expansión agrícola que necesitaba mano de obra para sostener el tendido ferroviario, y Kinzo encontró ahí su lugar: el 1° de abril de 1889 entró al Ferrocarril Central Argentino, de capitales británicos, para limpiar máquinas.

El ascenso llegó por su carácter y su honradez, más que por antigüedad: pasó de la limpieza a foguista, el encargado de alimentar la caldera de las locomotoras a vapor, y poco después ya era maquinista, con un salario que se multiplicó por cinco. En esa empresa trabajó 34 años seguidos, y durante más de una década los directivos le confiaron la tarea de probar las locomotoras antes de ponerlas en servicio.

El trato de sus compañeros cambió recién en 1904, cuando la guerra ruso-japonesa llenó los diarios cordobeses de noticias sobre las victorias navales del Imperio del Sol Naciente. De ahí en más empezaron a llamarlo por su nombre y a festejar con él cada triunfo bélico, aceptando su invitación de beber juntos hasta el amanecer. A diferencia de otros inmigrantes japoneses que se volcaron al comercio o la floricultura, Kinzo eligió integrarse de lleno a la vida criolla: compartía mates con sus compañeros arriba de la locomotora, con las manos engrasadas y su uniforme verde de siempre.

Una familia y una casa que todavía se recuerda

En 1892 se casó con Amalia Rodríguez, con quien tuvo cinco hijos, aunque solo sobrevivieron tres varones. En 1901, con sus ahorros, compró una casa con jardín en la periferia de Córdoba que hoy se recuerda como la primera propiedad adquirida en forma permanente por un inmigrante japonés en el país, y que además sirvió de refugio temporario para otros compatriotas a los que ayudó a conseguir trabajo.

Se jubiló en 1927, tras la muerte de su esposa, con 67 años. Según relató el mismo *Aruzenchin Jiho*, Kinzo le confesó entonces al secretario consular japonés la nostalgia que sentía por su aldea natal y el deseo de volver a ver a su hermano mayor. Nunca regresó. Murió el 19 de agosto de 1929, después de vivir 53 años en la Argentina. Un entrevistado de otro periódico de la colectividad lo describió, años después, como alguien que ya casi no hablaba japonés ni inglés y que había llevado "la más pura vida criolla".

Su legado sigue presente: en la sede de la Asociación Japonesa de Córdoba hay un monumento en su honor, y uno de sus hijos, Armando Valentín King, colaboró en la búsqueda del avión uruguayo que cayó en la cordillera de los Andes en 1972. Su bisnieto, Ricardo Muñoz, trabaja hoy como maquinista en los subtes de Buenos Aires y cuenta que de chico lo apodaban "Japo" en el barrio. "Para mi familia, y para mí en particular, es un orgullo enorme llevar en la sangre la cultura japonesa", le dijo a La Nación.

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