Por qué Stalin controló Europa del Este y cómo Vietnam terminó siendo un tigre asiático, según un historiador argentino
El historiador Jorge Saborido, de la UBA, repasó en una entrevista con Ñ las claves de la Guerra Fría, desde la ocupación soviética de Europa del Este hasta el fracaso del modelo cubano tras la caída de la URSS.

Jubilado hace 11 años después de dar clases durante 30 años en La Pampa —donde también fue decano— y de formar generaciones de estudiantes en la Carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA, el historiador Jorge Saborido encontró en el retiro el tiempo que la docencia no le dejaba: el de escribir. Desde entonces publicó una serie de libros sobre la Guerra Fría con la editorial Biblos, entre ellos *El final de la Guerra Fría*, *La guerra de Corea* y *Stalin y los comienzos de la Guerra Fría*. En una entrevista con Ñ, el suplemento cultural de *Clarín*, explicó por qué entender esos años sirve también para leer discusiones que hoy siguen vivas, desde el rol del Estado hasta el destino de los países que alguna vez apostaron al socialismo.
Saborido sostiene que el control soviético sobre Europa del Este después de 1945 no respondió, al principio, a un plan de expansión ideológica sino a un cálculo de supervivencia: la URSS había sido invadida dos veces en treinta años, en la Primera Guerra Mundial y con la Operación Barbarroja, y Stalin buscaba una zona de amortiguación territorial. Esa alianza con Occidente se sostuvo mientras existió el enemigo común. Derrotado Hitler, dice el historiador, resurgió la desconfianza, y la Doctrina Truman y el Plan Marshall empujaron a Moscú a cerrar filas en su área de influencia para evitar que el capital estadounidense ganara terreno. Ahí, explica, el propio carácter centralizado del estalinismo hizo imposible tolerar gobiernos híbridos: debía ser control total o nada.
Corea, según Saborido, fue otra secuela de esa misma lógica de posguerra: el territorio quedó dividido entre una zona bajo influencia estadounidense y otra soviética tras la caída del dominio japonés, y la creación de dos repúblicas en 1948 desembocó en la invasión del 25 de junio de 1950, el inicio de un conflicto que, dice, dejó la "frontera más custodiada del mundo" y que sigue sin resolverse del todo. Sobre Vietnam, el historiador es categórico: Estados Unidos cometió una "atrocidad" al bombardear el país semanas antes de firmar la paz, después de una guerra que movilizó a cientos de miles de soldados, en su mayoría de clase media, cuyas familias vieron volver los féretros de sus hijos y nietos. Hoy, remarca, esa misma Vietnam es uno de los tigres asiáticos, con fuerte crecimiento capitalista aunque formalmente siga siendo una república socialista.
El caso que Saborido describe sin matices es el de Cuba: para él, el modelo socialista de la isla "fracasó". Se sostuvo con ayuda soviética hasta el Período Especial de los años 90, tras la llegada de Gorbachov, y después con el turismo y el aporte de Venezuela; agotadas esas fuentes, dice, "el sistema no funciona". El historiador aclara que el bloqueo es real pero no alcanza para explicarlo todo, y cuestiona que la ola de extrema derecha que crece en Occidente haya llevado a una descalificación general de la experiencia soviética, que en su mejor momento atrajo a millones de personas y dio a los partidos comunistas un peso real durante buena parte del siglo XX.
Saborido cierra su repaso con una idea sobre el presente: el Estado de Bienestar fue, dice, "la mayor creación del capitalismo para sostenerse", pero la innovación tecnológica sigue desplazando sectores enteros, con ganadores que se adaptan y otros que quedan afuera del sistema. Un diagnóstico que, treinta años después de terminada la Guerra Fría que estudió toda su carrera, el historiador ve repetirse con otros nombres.
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