El mito vikingo del fin del mundo pudo nacer de una catástrofe climática real
Arqueólogos y climatólogos encontraron indicios de que el Fimbulwinter, el invierno eterno que anuncia el Ragnarök en la mitología nórdica, describe una serie de erupciones volcánicas que oscurecieron el sol y mataron a la mitad de la población en partes de Escandinavia en el siglo VI.

Tres inviernos seguidos, sin un verano de por medio, con un sol que ya no calienta: así cuenta la mitología nórdica el Fimbulwinter, el invierno que antecede al Ragnarök, el fin del mundo de la tradición vikinga. Durante mucho tiempo se lo tomó como una invención literaria. Ahora, cruzando arqueología con registros climáticos, un grupo de investigadores sostiene que detrás de esa leyenda hay un desastre real: una cadena de erupciones volcánicas que ensombreció el cielo de Escandinavia y mató, según estiman, a la mitad de la población en algunas zonas, en pleno siglo VI, según reconstruyó Infobae a partir de testimonios de los especialistas que investigan el fenómeno.
El punto de partida está en el año 536. Cronistas del Mediterráneo de esa época, entre ellos el historiador Procopio, anotaron algo extraño: el sol se puso débil y opaco durante meses, con una luz comparable a la de un eclipse permanente. No sabían que estaban describiendo el efecto, a miles de kilómetros de distancia, de una o varias erupciones volcánicas de escala extraordinaria.
La prueba quedó guardada en el hielo. Según explicó Neil Price, arqueólogo de la Universidad de Uppsala y referente en el estudio de la Era Vikinga, en declaraciones al podcast *HistoryExtra*, los núcleos extraídos en Groenlandia y la Antártida muestran depósitos de sulfato que corresponden a grandes erupciones en 536, otra alrededor de 540 y una tercera en 547. Los anillos de los árboles en los Alpes y en el Altái confirman el dato desde otro ángulo: durante esas décadas, los troncos apenas crecieron.
Ese enfriamiento global —el más severo registrado en más de dos mil años, según un estudio de 2016 del climatólogo Ulf Büntgen publicado en *Nature Geoscience*— bajó las temperaturas estivales europeas hasta 2,5 °C por debajo del promedio en 536, con otra caída de hasta 2,7 °C tras las erupciones posteriores. Durante años se sospechó del volcán Ilopango, en El Salvador, como responsable. Pero dataciones más recientes sobre núcleos de hielo de Groenlandia, publicadas en 2020 en *Proceedings of the National Academy of Sciences*, ubicaron esa erupción en el año 431, lo que la saca de la lista de sospechosos. Hoy la hipótesis más aceptada señala a volcanes de Islandia o de América del Norte.
Para Escandinavia, donde los márgenes de la agricultura ya eran estrechos en años normales, varios veranos fríos seguidos fueron letales. "Algunos especialistas han estimado que el impacto combinado de las erupciones volcánicas supone una tasa de mortalidad del 50%, no en toda Escandinavia, pero sí en algunos lugares. En términos sociales, eso es catastrófico", describió Price. Las excavaciones en Suecia central, en Öland y en Gotland muestran granjas abandonadas en masa: en la zona de Mälardalen, casi la mitad de los asentamientos quedaron vacíos, de acuerdo con un trabajo de 2012 del investigador Daniel Löwenborg publicado por la Universidad de Uppsala. Estudios de polen tomados en turberas noruegas detectan, en ese mismo período, una ruptura brusca en el paisaje que la gente cultivaba.
La catástrofe, además, llegó sobre una región que ya venía debilitada. El derrumbe del poder imperial romano en Occidente había desarmado durante el siglo V la red comercial y militar que unía el norte de Europa con el Mediterráneo, y la población escandinava venía en baja incluso antes del invierno volcánico.
El cruce entre ese desastre y el relato mítico lo planteó primero el arqueólogo sueco Bo Gräslund, en un trabajo de 2007, y Price lo retomó junto a él en un capítulo publicado en 2015. Las coincidencias, dicen, son demasiado precisas para ignorarlas: el propio texto medieval de la *Edda en prosa*, de Snorri Sturluson, describe "nieve desde todas las direcciones, grandes heladas y vientos cortantes; el sol no servirá de nada; habrá tres de estos inviernos juntos y ningún verano entre ellos". La frase nórdica que se traduce como "el sol no servirá de nada" coincide con los testimonios de la época sobre esa luz solar débil y constante. Incluso la imagen mítica del lobo Fenrir tragándose al sol se leyó como una metáfora del cielo tapado por los aerosoles volcánicos.
Esta clase de cruce entre fenómenos naturales y relatos orales tiene nombre propio, geomitología, y Price es el primero en marcarle los límites: "Es una idea interesante, pero también un poco arriesgada y como un argumento circular, porque al final encuentras lo que buscas", admitió. Aun así, remarcó que la posibilidad de que un trauma de esa magnitud haya dejado eco siglos más tarde en el mito del fin del mundo nórdico "parece muy fuerte".
Hay un detalle del mito que a Price le interesa en particular: el Ragnarök no termina en la destrucción total. Las fuentes nórdicas narran que después del desastre la tierra vuelve a salir del mar, sobreviven algunos dioses y nace una nueva humanidad. Los especialistas discuten cuánto de esa parte final está influido por el cristianismo, ya que los textos se escribieron recién en el siglo XIII, pero para Price esa promesa de renovación también puede ser un reflejo de lo que pasó en el siglo VI: la civilización escandinava no desapareció, se reorganizó. Esa reorganización, de hecho, es la que terminaría dando forma, siglos después, a la Era Vikinga tal como se la conoce.
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