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Qué encontraron los científicos en el ADN de una tortuga de 194 años

Un equipo internacional analizó el genoma de Jonathan, una tortuga gigante de Aldabra que vive en la isla de Santa Elena, y halló pistas que podrían ayudar a entender el envejecimiento humano.

Por Salta News
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Qué encontraron los científicos en el ADN de una tortuga de 194 años
Foto: infobae.com/rss/america

Tiene unos 194 años, vive en los jardines de Plantation House —la casa del gobernador de la isla británica de Santa Elena, en el Atlántico Sur— y acaba de convertirse en protagonista de un estudio científico sobre el envejecimiento. Jonathan, una tortuga gigante de Aldabra, fue el objeto de un trabajo que buscó en su genoma pistas sobre por qué algunos organismos resisten tanto tiempo al deterioro biológico. La investigación, dirigida por el neurólogo Stephen Wes Clark, presidente de la Fundación Kallel, y con participación de especialistas del Vanderbilt University Medical Center, quedó publicada en la revista Science Advances, según detalló Infobae.

¿Cómo se sabe que Jonathan tiene esa edad? Por los registros de su desembarco en Santa Elena en 1882, cuando llegó ya adulto desde las islas Seychelles. Eso ubica su nacimiento hacia 1832. La isla está a casi 1.930 kilómetros de la costa de Angola, y hoy Jonathan pesa alrededor de 204 kilogramos, bajo seguimiento constante por su valor como caso de estudio.

Lo que encontraron los científicos fue que ciertas regiones de su ADN mantienen un orden que no es habitual a edades tan avanzadas, sobre todo en los tramos ligados a la producción de energía celular. Para llegar a esa conclusión no bastó con leer la secuencia genética: el equipo también revisó un conjunto de marcas químicas que funcionan como interruptores, prendiendo o apagando genes sin alterar el ADN en sí. Entre esas marcas está la metilación, un mecanismo que normalmente se vuelve más caótico con los años —un fenómeno al que los autores bautizaron "entropía de metilación"—.

En el caso de Jonathan, ese caos se frenó justo donde más importa: en los genes que regulan las mitocondrias, encargadas de abastecer de energía a cada célula, y en los que procesan el ARN. Comparado con otras tortugas de Aldabra que el equipo también analizó, esa conservación resultó una de las diferencias más marcadas. Para Clark, el hallazgo abre una puerta concreta: si se logra blindar a las mitocondrias del desorden genético típico de la vejez, podría frenarse parte del deterioro asociado a la edad, según trasladó a Vanderbilt Health.

La lectura completa del genoma arrojó, además, 287 variantes genéticas propias de este ejemplar, vinculadas a la reparación del ADN, el manejo de la insulina, el funcionamiento mitocondrial y la protección de los telómeros —los extremos de los cromosomas que resguardan la información genética cada vez que una célula se divide—. También aparecieron variantes asociadas a la contención de tumores, un dato que a Clark le resultó especialmente atractivo porque algunos cánceres del sistema nervioso se vuelven, de hecho, menos frecuentes a edades muy avanzadas.

Ahora bien, ningún resultado alcanza para afirmar que esas particularidades expliquen por sí solas la longevidad de Jonathan. Al tratarse de un solo ejemplar con una edad excepcional, los propios autores reconocen que no pueden saber si lo que detectaron se repite en otras tortugas longevas o si es exclusivo de este animal. Live Science recogió el testimonio de Benjamin Vaisvil, investigador de la Fundación Kallel y coautor del estudio, que fue tajante al poner el hallazgo en perspectiva: "No podemos decir con certeza que lo que encontramos sea la razón de su longevidad".

Conseguir ese material no fue sencillo. Todo arrancó en 2017, cuando Clark le pidió al veterinario local Joe Hollins una muestra de sangre de Jonathan, algo que finalmente no se autorizó por el riesgo que implicaba para la salud del animal. El equipo tuvo que conformarse con un pequeño fragmento de tejido tomado del interior de su mejilla, que terminó analizado en el Centro de Tecnologías Genómicas Avanzadas de Vanderbilt. En ese tramo del trabajo colaboró Steve Horvath, de la Universidad de California en Los Ángeles, reconocido por sus desarrollos para calcular la edad biológica de un organismo a partir de cómo cambia su ADN a lo largo del tiempo.

De cara a lo que viene, los responsables del estudio apuestan a conseguir una muestra de sangre que permita profundizar el análisis, y la Fundación Kallel ya proyecta extender esta línea de investigación a otras especies longevas.

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