Un curioso suceso ocurrió en un consultorio médico del hospital Melchora Figueroa de Cornejo de la ciudad salteña de Rosario de la Frontera.
Un joven, que había acudido a la guardia de urgencias del hospital con un brazo enyesado, dice haber sido agredido salvajemente por el médico de guardia que, de un certero puñetazo le fracturó el maxilar y le hizo perder la muela del juicio.
Según el relato del joven —desmentido por el médico—, se encontraba esperando a ser atendido de su dolencia ósea cuando, después de un interminable cuarto de hora de espera, impaciente, decidió entrar por las suyas al consultorio.
En el interior se encontró al médico besuqueándose con la enfermera, lo que desencadenó una discusión de alto volumen que terminó a los golpes. El joven paciente se sintió agraviado al comprobar que el motivo de la demora en su atención eran los tórridos amoríos entre el médico y su enfermera y, a grito pelado, recriminó a ambos su actitud en el interior del consultorio.
El médico —que no negó que en aquellos momentos estuviera entretenido con la enfermera— dijo que el paciente intentó a agredir a su compañera y que tuvo que salir en su defensa, propinándole al airado joven una paliza en el lugar.
Según el paciente, médico y enfermera «estaban chapando» y haciendo «cosas indecorosas» que el joven no ha mencionado, limitándose a calificarlas como «fuera de lugar».
Al parecer, la dirección del hospital rosarino tomó cartas en el asunto y separó «preventivamente» al médico de sus funciones.
Se supone que adoptó esta medida por la agresión al paciente, porque si fuera por las «cosas indecorosas» que presuntamente estaba haciendo en horario laboral el hospital, debió expedientar también a la enfermera. A menos, claro está, que hubiera aplicado en este caso la famosa «perspectiva de género».







