La Fundación Pata Pila advierte sobre el impacto del ajuste nacional en comunidades vulnerables del norte argentino. Sin planes, sin programas y sin ingresos estables, la pobreza dejó de ser estadística y volvió a sentirse en el plato.
El mapa social del norte argentino se está resquebrajando. En los territorios donde la pobreza no es coyuntura sino herencia, las políticas de ajuste del gobierno nacional —la llamada “motosierra”— golpearon con fuerza quirúrgica. Así lo describió Diego Bustamante, presidente de la Fundación Pata Pila, una organización con presencia en las zonas más postergadas del país.
“De base, trabajamos en territorios con muchos años de abandono”, sostuvo Bustamante. “Pero ahora se suma la ausencia total del Estado nacional. Las asignaciones, pensiones o planes que antes ayudaban a sostener a las familias están demorados, recortados o directamente suspendidos”.
La fundación, que trabaja en el acompañamiento nutricional y social de cientos de familias, percibe un deterioro rápido. En muchas comunidades, las changas se volvieron la única fuente de ingreso. “Son tareas temporales, malpagas y sin estabilidad —explica Bustamante—. Con eso no se cubre ni lo básico: la comida, el transporte o la vestimenta de los chicos”.
Uno de los puntos más críticos es el desmantelamiento de redes de apoyo locales, que antes articulaban asistencia entre el Estado y las organizaciones sociales. “Programas como el Plan UNIR o la Secretaría de Agricultura Campesina Indígena funcionaban como nexos vitales entre las comunidades y el Estado. Hoy, esas puertas están cerradas”, señaló.
Frente al vacío, Pata Pila busca reinventar su tarea. En los últimos años, la organización incorporó proyectos de producción de alimentos y formación en oficios, con una apuesta clara: pasar de la asistencia a la autonomía. “La salida a la pobreza sostenida no puede ser solo el reparto —afirmó Bustamante—. Hay que generar producción, fortalecer lo que ya se hace y brindar herramientas que certifiquen trabajo digno.”
Mientras el Gobierno insiste en las cifras macroeconómicas y el superávit fiscal, en el norte el ajuste se traduce en algo mucho más concreto: menos comida, menos trabajo y menos Estado.




