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Inseguridad alimentaria en Salta: niños en lista de espera para recibir un plato de comida

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La inseguridad alimentaria infantil en Argentina alcanzó niveles alarmantes en 2024. Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA (ODS-UCA), el 35,5% de los niños y adolescentes del país —unos 4,3 millones— no accede de forma segura a una alimentación suficiente. La cifra más crítica: el 16,5% vive una situación de inseguridad alimentaria severa, es decir, no come todos los días.

Salta no escapa a esta realidad. En distintos barrios populares, los comedores comunitarios ya no dan abasto y deben elaborar listas de espera para atender a más niños. Marta, encargada de un merendero en Villa Floresta, lo explica con crudeza: “Tenemos chicos en lista de espera. No podemos recibirlos porque ya superamos el cupo. Es desesperante”.

El comedor que coordina Marta funciona con un tope de 160 raciones diarias. La dinámica, cuenta, es la misma cada semana: madres que se acercan con la esperanza de que sus hijos puedan recibir aunque sea una comida caliente al día. “Les pedimos que esperen. Si alguna familia deja de venir o se muda, avisamos. Pero no podemos sumar más chicos sin afectar la cantidad o la calidad de la comida”, explicó.

Las edades de los niños que asisten —o que esperan poder hacerlo— oscilan entre el año y los 13. En muchos casos, la ración que reciben en el comedor es la única comida completa del día.

El informe de la UCA destaca que esta situación no es nueva, pero se ha profundizado con la crisis económica, la inflación en alimentos y la caída del poder adquisitivo. Desde 2010 la inseguridad alimentaria en la infancia muestra una tendencia ascendente, con picos en 2018, durante la pandemia en 2020 y el más reciente en 2024.

Frente a un panorama que combina pobreza estructural, desempleo y falta de acceso a políticas sociales eficaces, los comedores barriales se han convertido en una red de contención clave. Sin embargo, también ellos están en emergencia.

“Nos duele decir que no”, reconoce Marta. “Pero dar menos cantidad o peor comida tampoco es la solución. Necesitamos ayuda, recursos y políticas que miren a los chicos como prioridad”.