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Abuchearon a Tapia y a Riquelme en La Bombonera antes del amistoso ante Mauritania. Mirá el video aquí

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Ganó Argentina por 2 a 1, pero el verdadero partido se jugó en las tribunas. La Selección argentina ganó. El resultado dirá eso y quedará en la estadística. Pero lo que ocurrió en La Bombonera estuvo lejos de ser una fiesta completa: el termómetro real de la noche no fue el marcador, sino el ruido incómodo que bajó desde las tribunas.

El momento más tenso llegó cuando el presidente de la AFA, Claudio Tapia, ingresó al campo para entregar una plaqueta homenaje a Juan Román Riquelme. Lo que debía ser un acto simbólico terminó convertido en una escena incómoda. Los abucheos fueron claros, sostenidos y difíciles de disimular. No fue contra la Selección. Fue contra la conducción.

Una Bombonera con huecos y preguntas

Tampoco pasó inadvertido otro dato: el estadio no estuvo lleno. Para un seleccionado campeón del mundo y con Lionel Messi en cancha, ver espacios vacíos en las tribunas no deja de ser un síntoma.

Los precios, la organización y, sobre todo, la jerarquía del rival fueron parte del comentario repetido entre los hinchas. Muchos admitían lo mismo: fueron para ver a Messi, posiblemente en sus últimas funciones en suelo argentino. Y esperaban algo más que un amistoso disfrazado de prueba internacional.

Porque el problema no fue ganar. El problema fue que el partido nunca pareció una medida real.

Si bien Argentina dominó gran parte del encuentro, el complemento dejó sensaciones distintas. El equipo bajó claramente su intensidad y permitió que Mauritania creciera en el juego, al punto de terminar pateando más veces al arco que la propia selección nacional. Una situación llamativa que puede explicarse por el bajo nivel de expectativas que proponía el rival. Lo cierto es que el cierre del partido mostró a una Argentina menos precisa, más relajada y lejos del nivel de exigencia que demanda la preparación rumbo al Mundial.

La grieta que quedó expuesta fue otra: la gente sigue abrazando a los futbolistas, pero empieza a marcar distancia con quienes toman decisiones fuera de la cancha. Los silbidos a Tapia no fueron casuales ni aislados; fueron la expresión de un descontento acumulado.